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Un golpe de click y aparecen a tu lado. Así de simple se ha convertido en la actualidad acceder a la mayoría de música publicada. Hubo unos tiempos no tan lejanos, que ahora parecen irreales, donde conseguir música no era tan sencillo y requería muchísimo trabajo en según que casos.
Al handicap monetario también se unía el geográfico. No cabe ninguna duda que no es lo mismo vivir en Villa del Campo que en Madrid.
Pero aún podemos rizar más el rizo: ¿Cómo disfrutar del rock & roll encerrado en las paredes de un convento? ¿Es eso posible?.
Aquí recopilo tres columnas publicadas en el semanario cacereño Avuelapluma sobre las trabas que un barbilampiño servidor tuvo que sortear para poder castigarse las orejas.
Luchando contra la ley de dios.
HIGH ABADÍA ROCK & RO LL VOLUMEN ONE
Por extrañas razones que no me voy a detener a explicar, un servidor estuvo internado en un cutre colegio de curas. Con 14 añitos, pasé mi último año con los pastores de ovejas estabuladas.
A mi ya me había picado el alacrán del rock unos años atrás y como podéis entender, el convento no era Glastombury ni sus prelados Keith Richard.
Para evitar que pensásemos o que nos la pelásemos cual chimpancé, nos mantenían continuamente ocupados: que si en clase, que si rezando, estudiando, rezando otra vez, un poco de lobotomía por allá, haciendo deporte y trabajando. Currar se curraba como en la Guayana. Entre las múltiples tareas que tuve que realizar se encontraba limpiar la planta donde se alojaban los sacerdotes.
Una mañana de sábado, tirando su mierda al crematorio, me encuentro un pequeño papel en el que, con una graciosa tipografía, se podía leer “Los Jubilados”.
-“Coño-pensé yo-como el disco que acaba de sacar la Polla Records”
Cogí el papel y para mi sorpresa era el catálogo musical del sello discográfico Oihuka, y si, se hablaba del nuevo de La Polla Records. Extrañado por completo me guardo el folleto no sin antes percatarme que venía a mi nombre. Si, habían violado mi correo (nada comparado con otras violaciones de la intimidad que más tarde fueron denunciadas en dicho colegio por algunos chavales). Uno, que es como es, pues no vio problema en pedir al sello que le enviaran el catálogo allí. Cosa lógica y normal porque era donde vivía. De ahí en adelante, mes a mes, iba a recoger mi correo musical a la basura. A pesar de ser 4 hojas pochas, las leía y releía una y otra vez apuntando que disco me podía comprar.
Un buen día, después de una de esas chácharas que recibíamos y que nadie entendía sobre desengrasantes 3 en 1 y lo malo que era todo fuera, un cura nuevo se dirigió a mi me dijo
-“Kanuto-fue la primera persona que me llamó así-a mi despacho”.
A ver que cojones he hecho yo ahora, pensaba. Una vez allí me entregó el catálogo de ese mes en mano y me dijo-“Toma. No le digas a nadie que te los doy”.
No me acuerdo de su nombre, sólo de su calva y sus gigantescas gafotas, pero aquello fue de agradecer. ¿Rockeaba Esa sotana o simplemente fue un acto de lógica dignidad humana? A saber. El rock en el convento seguía siendo cosa del diablo, pero ya no hacía falta meter la mano en la mierda para conseguir lo que me pertenecía y que me alimentaba más el espíritu que todos los kilos de ostias que me comí allí.
La semana que viene más, que las hay brutales.
HIGH ABADÍA ROCK & ROLL VOLUMEN TWO.
En el internado yo no era un chico malo o gamberro, aunque algún cura si lo pensase y llegó a decirle a mi madre el mismo día que me largaba del colegio:
-“Este muchacho o cambia o va a ser un desastre en esta vida”.
Mi madre se tomó esto muy en serio y eso que se lo dijo un hombre con faldas. ¿Malo? ¿Gamberro? Lo que no era es idiota, algo no muy bien visto en el ganado estabulado. La disciplina era férrea y en muchos momentos netamente absurda y era ante las prohibiciones gilipollas a las que aquel niño que fui no atendía a razones. Una de las que más me tocaba mis pequeñas pelotas era lo referente a la música. Sólo podías disponer de tu walkman los domingos. Lo recogías por la mañana y lo devolvías por la noche. Las mañanitas del Rey David me producían sarpullidos ya en aquel entonces y verme privado en el místico Mauthausen de chutes decibélicos no entraba en mis planes, así que como cualquier persona decente negué la existencia de mi walkman y lo escondía durante toda la semana. El problema es como no existía no podía ser visto, así que el rock actuaba como ronroneo antes de dormir a volúmenes infamemente bajos. Un verdadero crimen.
Cuando se descubrió el pastel y me secuestraron el aparato, pues hubo que recurrir a maniobras más osadas. Los sábados por cojones había que hacer deporte. Por cojones a mi no me daba la gana, así que fingía dolores, me escabullía dentro del colegio, me arrastraba por el claustro (el gran hermano no descansa) y me colaba en una pequeña salita donde había un pequeño transistor. Y allí echaba los ratos muertos, tirado en el suelo, con los cascos puestos y cada minuto quitándomelos por que oía ruidos raros y pensaba que la Gestapo había localizado a Ana Frank.
Lo curioso de todo, es que a pesar del nulo respeto que me tenían esos hombres de dios, si había algún problema relacionado con el tema musical recurrían a mí.
Así, el Sheriff del convento me hizo llamar a su despacho para que le arreglase una cinta de casette rota. Mi pericia arreglando esos trastos era total y minuciosa, logrando empalmes en la cinta con resultados tan increíbles que incluso no llegaban a notarse.
Una vez terminada mi tarea de mecánico, al momento de devolverle al abad su preciada grabación y antes de que me diese las gracias, le “obligué”, aprovechando las circunstancias, a que me grabase un disco que me habían pasado. Lo cogí por sorpresa y no se pudo negar. Así conseguí el recién editado primer largo de Negu Gorriak. Ni más ni menos me lo grabó un cura. Eso si, con el dubbing puesto.
HIGH ABADÍA ROCK & ROLL VOLUMEN THREE.
Cuando estás en un internado de curas, la mejor forma de despertarnos a todos a la vez, era poniendo música. Esto se hacía a través de un cassette conectado a una serie de altavoces por toda la planta. El cassette se encontraba dentro del despacho del cura que estaba a nuestro cargo, como un jefe de planta del Corte Inglés pero con el teléfono de Dios en marcación rápida. Dicho “Padre”, no se si llevado por el eslogan “dejad que los niños se acerquen a mi”(algo que por cierto él transformó en “dejad niños que me acerque”, como pusieron de manifiesto una serie de denuncias posteriores), nos dejaba poner música a la muchachada para que el despertar fuese menos traumático y así conseguir diferenciar un día de otro. Esto provocó un revuelo entre aquellos que nos gustaba la música. En un principio había una mínima organización basada en el orden a la hora de elegir los días que nos tocaba a cada uno. Todos aceptamos democráticamente los días que nos tocaba sin rechistar, pero ya sabemos que la democracia funciona bien mal y poner música una vez cada 15 días era un aliciente bastante pobre para todos nosotros, así que cada monigote se transformó en un comando revolucionario y comenzamos a movernos al margen de la ley con patrañas tales como incursiones a última hora y cambiar la cinta reventando el turno con premeditación, nocturnidad y alevosía. Al margen de este problema típicamente humano, existía otro, por lo menos en mi caso. Ciertas cintas que me apetecía poner eran ofensivas o decían demasiadas frases malsonantes. A los ojos de los “Men in Black” no eran recomendables para inocentes imberbes de 11 años aspirantes a ganarse la vida como comerciales del Vaticano. Eran cintas secretas prohibitibas en aquellas recónditas paredes constuidas desde el amor al prójimo y al arquitecto celestial. Con este panorama había que recurrir a extremos del todo surrealistas para conseguir que, por lo menos en los despertares, aquello pareciesen un garito, eso si, sin que la policía de San Pedro chapase el invento por demoniaco. Esas surrealistas artimañas, en este caso dolorosas, consistían en grabar un silencio encima de los tacos que contenían las canciones o controlar el tiempo al extremo para que no saltase algo parecido a “Cuanta puta y yo que viejo”. El resultado final fue un montón de canciones mutiladas, un desastre organizativo y que nos eliminasen el privilegio de manera permanente y a toda prisa. Alzacuello´s Rock Party había muerto. Ay señor, señor, si Pajares recuperase los hábitos...
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